sábado, octubre 21, 2017

 

UNA NIÑA BAJO MI LUNA


Un detallado informe acerca de la fiscalización que acabo de realizar en territorio de Florencia, un comentario en torno a los peligros que acarrea la lentitud para la construcción de una pista sintética de hockey sobre césped, otro trabajo sobre el desabastecimiento en las placitas y mercados agropecuarios como consecuencia del azote del huracán Irma, un fotorreportaje acerca de los símbolos patrios, el acta de la última reunión que tuvo mi colectivo, gestiones para solucionar problemas de mi auto...


Son solo una parte de las muchas cosas que tengo pendientes, pisando los talones de mis ocupados minutos... pero todo ello puede esperar. Lo que no aguarda ni un minuto más es esa foto que tomé hace un puñado de horas, bajo la luz de la luna, a cielo abierto, en el patio del Museo Provincial Coronel Simón Reyes, de Ciego de Ávila.

Sentada sobre las piernas de su joven madre (cuyo nombre y procedencia también ignoro), a la princesa no se le escapaba ni un solo detalle, durante la velada cultural que allí tenía lugar. Por momentos quedaba profundamente concentrada, escuchando los acordes del violín, como si flotara en cada nota, mientras una casi imperceptible sonrisa le contorneaba las mejillas.


En más de una ocasión se volvió hacia su mamá para, con el pequeño dedo índice, llamarle la atención acerca de lo que en el escenario sucedía.

Y cuando cada artista terminaba su presentación, la diminuta espectadora estallaba en un interminable aplauso, pletórica de un gozo que no sé si otros adultos habrán dejado de percibir, pero que para mí, con el más profundo perdón hacia el magnífico espectáculo, fue lo mejor de la noche.

¿La noche dije? Sí, la noche. La misma noche en que ella posó sus ojos de tierna cocoyita mientras miraba algo brillante, allá lejos, tan lejos que parecía rozarle la punta de la nariz. Era la Luna. 

Entonces una fugaz idea me estremeció los 56 calendarios que con orgullo llevo sobre espalda. Quizás la diminuta princesa había descubierto, en lo más alto, el rostro de Lunita: la niña que nunca constó en registro de nacimiento o de inscripción porque no pudo ver el alba, pero que crece allá,  donde nacen los mismos destellos de la luz en que ella envuelve y me hace llegar su beso, cada noche.






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