viernes, mayo 08, 2015

 

DÍAS DE LLUVIA


No solo olores, sabores o determinada melodía pueden traernos a la superficie del momento pretéritos recuerdos, añoranzas, nostalgias, comparaciones y hasta sanas enseñanzas.

También la lluvia suele tener en mí ese retrospectivo  “don”.

Hay quienes frente a cuatro gotas “con fuerza de torrencial llovizna” se tiran al piso o pierden la perspectiva.

Lluvia, aquella (hace 30, 40 ó más años) que dejaba a la ciudad como si una “comunal mano” le hubiera dado cepillo y jabón en cuanto pliegue o grieta tuviese, desde la raíz del pelo hasta la planta de los pies.

La gente solía llamarle “temporal”. Y la definición no era desacertada, porque muy bien podía comenzar el aguacero un día cualquiera de la semana y prolongarse durante jornadas enteras, de forma intermitente o más estable. Era como si el clima o la naturaleza agradecieran desde lo alto, con agua y vida, un poco más del respeto que por entonces le dispensaba, desde abajo, el ser humano.

Pero no es la lluvia, en sí misma, la que moja en este instante el centro de mis recuerdos. Son el conjunto de hábitos, actitudes y valores asociados a ella, el motivo que me gotea sobre el teclado. Porque eran días (y tiempos) en que, por mucho que lloviera, a nadie se le ocurría dar media vuelta sobre la cama, seguir durmiendo y ausentarse al trabajo o a la escuela.

Eso, tan a la medida de la justificación hoy, sencillamente no le rozaba siquiera la mente a quienes tenían determinada responsabilidad a pie de torno, de sierra eléctrica o manual, de obra en construcción, de consulta médica, de pupitre (delante o sentado en él), de línea productiva industrial e incluso de cancha deportiva o institución cultural. La gente salía a trabajar y a estudiar  “a capa y a espada”.

Décadas de sequía no me han secado la imagen de Julito García y Luis Valdivia pedaleando bajo el agua hacia los talleres donde iniciaron vida laboral como mecánicos, o de los talabarteros Julio y Pedro Valdés, cobijados por un saco, un pedazo de naylon, de cartón, una capa o lo que apareciera, rumbo a aquella fábrica de monturas, cuyas producciones remontaron galope mucho más allá de las praderas espirituanas…

Sí, porque eran los tiempos en que el saquito de nailon se transformaba como por arte de la magia en capa y capucha contra la lluvia, a ritmo de pie y pedal en la máquina hogareña de coser.

Eran los tiempos en que miles de niños y adultos parecían “esquimales del trópico”, envueltos en las mismas “capitas made in casa” que luego ocupaban honroso y habitual espacio en la pared de las aulas o en el sitio previamente destinado para ellas.

Tiempos de barcos de papel echados a la corriente, tiempos de siembra con la misma “religiosidad” del ordeño a luz de candil, tiempos de espera interminable en un portal, tiempos de pantalón remangado y zapatos pendiendo del cuello, pero sobre todo tiempos en que lluvia y ausentismo no tenían absolutamente nada que ver, porque faltar al trabajo o a la escuela “por culpa del agua” era una verdadera vergüenza.

Hoy, por desdicha, no llueve igual. Ya casi ni llueve. Pero… qué vergüenza si, aún así, perdiéramos totalmente aquel “extraño” y divino hábito asociado a los días de lluvia: aquella saludable y arraigada manía que significaba no dejarse atrapar por el agua en casa y mucho menos utilizarla como argumento o pretexto para “lavar” con ella la ausencia ante el deber.





Comments:
Passtor, recorde parte de mi enfancia, sin una capa pero por mucho que llovia no recuerde un dia que dejara de ir a la escuela por motivo de lluvia , cuando llovia el pueblito donde naci parecia de fiesta ,todo el mundo debajo del agua , los muchachos para divertirse ,los adulto procurando agua para lavar o ablandar los frijoles, cuantas noltagia . muchas gracias amigo por recuerdar esos dias.
 
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