miércoles, julio 16, 2014

 

LAS MANOS DE MI PADRE



Las manos de mi padre jamás hicieron daño. Todo lo contrario: infinidad de veces lo evitaron. No solo para sí, también –y sobre todo- para los demás. 

No fueron, ni son aún, manos “cultas”, capaces de resolver complejas ecuaciones matemáticas, de moldear en letras el lirismo de un poema o de diseñar un proyecto constructivo…

Pero sí fueron, son y van a ser hasta su ocaso, manos educadas, aptas para saludar al amigo, desear la mejor suerte, ayudar al necesitado, acariciar al pequeño nieto y hasta a la niña o niño desconocido, con una ternura que en nada dista del cariño con que hace 53 abriles le sorprendía la madrugada con mi diminuto cuerpo en su regazo.

Son, en fin, las mismas manos que -según supe hace apenas un par de años, porque mi padre jamás habló de su grandeza humana- salvaron de la muerte o de la mortal tortura, a más de un joven enrolado en la clandestinidad durante aquellos decisivos años que pusieron fin a la década de 1950 y a la tiranía imperante en Cuba.

Son las manos hermosamente arrugadas no solo por la acción del tiempo, sino también –y sobre todo otra vez- por las huellas del trabajo creador, a pie de campo, a golpe de volante, por caminos cañeros, entre plantaciones de gramínea, basculadores, torres de centrales azucareros y pitazos de victoria con inconfundible olor a melaza.

De ellas -que no me dieron nunca más de lo que justamente pudieron y yo necesitaba- aprendí y asimilé una honrada y enfermiza obsesión por el trabajo, de la cual no he podido desprenderme jamás y dudo ocurra en el resto de mi existencia.

Por eso, semanas atrás, cuando sentados en la modesta salita del hogar donde él vive junto a mi hermana rememorábamos pasajes que el tiempo jamás podrá arrugar en la memoria, volví a contemplar sus envidiables manos: tan fuertes aún que, jubilado del trabajo activo, emplea gran parte de su tiempo labrando y sacándole frutos a la tierra.

Entonces no pude resistir el deseo de tomar esta foto, sin que él lo supiera, para conservarla como recuerdo y certera brújula, en medio de estos tiempos que necesitan tanto de verdaderas, laboriosas y honradas manos.



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