sábado, agosto 14, 2010

 

DERECHO A LA ETERNIDAD

Acabo de regresar a casa, exhausto (no por el cansancio físico), adolorido (no en lo carnal, sino desde lo intangible), después de todo un día de pesar tras la muerte –esta madrugada- de Alexis Pérez Sánchez: uno de esos colegas que bien pudo haber nacido del mismo vientre que tú o yo, por ser simple y entrañablemente eso: hermano.

El Gordo, como le vamos a continuar llamando, no pudo soportar dos dentelladas de la muerte directamente al corazón. Había superado otras. Tal era su deseo de vivir.

Cardiólogos y especialistas del hospital Ernesto Guevara lo habían atendido muy bien, días atrás. Luego, en el cardiocentro de la central provincia de Villa Clara, médicos, enfermeras y enfermeros, técnicos, auxiliares y colegas de la prensa escalaron la exquisitez científica y humana en torno a él.

Tan agradecido y optimista había retornado de allá, que hasta un reportaje traía en cuerpo (y en el cuerpo) con fotos y todo lo demás. Vaya locura. Vaya apego a la profesión, que hasta en peligro de muerte no dejó de hacer lo que le tocaba: periodismo.

Pero la infeliz madrugada de este 14 de agosto puso fin a la franca recuperación que registraba su organismo. Del primer paro lo sacaron médicos y vecinos del propio barrio, aproximadamente a las dos de la madrugada. Del segundo, un rato después y en pleno hospital… ¡no fue posible! a pesar de todo lo posible e imposible.

Cree la muerte habérnoslo quitado. Tonta. Nos lo entregó para siempre.

Con el pecho abierto en dos por el dolor, y casi en una súplica, su hijo Yanier me pidió en la funeraria que dijera algo en la tarde, a modo de despedida, antes de sepultar a su padre.

Aunque pensé que otros colegas podían hacerlo mejor, no puse objeción. El Gordo merecerá siempre el universo individual de quienes lo amamos (en presente).

Entonces, sintiéndome no yo, sino todos, hice estos apuntes:

Queridos familiares, colegas del sector de la prensa, vecinos, alumnos y amigos de Alexis Pérez Sánchez, incluido el compañero Vladimir Amat Moro, miembro del Buró Provincial del Partido, quien nos honra con su presencia.

Instante sumamente duro nos congrega a todos. No podría resumirse de otro modo.

Tal vez alguien imagine que hemos venido hasta aquí para decirle adiós al cuerpo, aparentemente sin vida, de nuestro hermano. Pero en esencia no es así. Venimos a mucho más que eso: venimos a darle una eterna bienvenida a su siempre carismática y entrañable presencia en cada uno de nosotros.

Infeliz madrugada la de este 14 de agosto. Dos nuevos zarpazos de la muerte, directamente al corazón, detuvieron el alegre y optimista ritmo que caracterizó a Alexis desde que vino a este mundo, hace 58 años, siete meses y veinte días.

“Tuve el privilegio —me confesó una vez— de nacer en el vientre de una familia campesina”. Y tal vez una de sus más elogiables virtudes haya sido no olvidar, jamás, esa humilde procedencia.

Así, sencilla, modesta, inquieta, alegre, picaresca y soñadora fue su infancia (entre las guardarrayas, plantaciones y sinsontes de Vedado 10 ¿De dónde, si no de allí, le vino esa inclinación natural, espontánea e inesperada por la improvisación jocosa, cargada de humor y de cubanía?

Pero también así: sana y criolla, fue su huella por la senda de los que tomaron cartilla, manual y farol para alfabetizar (¡Honor a esa medalla de la cual nunca se vanaglorió!); su paso por el magisterio, su apego eterno al español, a la literatura, al estudio primero y al ejercicio después de un periodismo que le absorbió días y noches, minutos, horas, semanas, meses, años… y al cual le entregó su capacidad y algo que nuestro colega Juan Morales reiteraba hoy entre dos luces: muchísima pasión.

Sin ella no habría sido posible aceptar, y encaminar, tantas responsabilidades a la vez, dentro del sector, en la docencia universitaria, en la superación profesional, gracias a la cual culminó reciente y excelentemente su tesis de Master en Ciencias de la Comunicación.

Otra prueba de modestia sorprendió hoy a muchos de quienes nos acercamos a su dormida postura: la medalla que respalda su condición de combatiente internacionalista. Algunos ni lo imaginábamos. Tampoco se lo preguntamos. Lo importante para él no era amplificarlo. Pero ahí está Angola: agradecida desde que lo vio llegar, en la crucial segunda mitad de los años 70.

Tal vez estos apuntes “apunten” con extenderse un poco. Pero a los pies de hombres como tú, Alexis, todo tiempo es relativo.

Por eso vale agregar que sin ser perfecto, ni imprescindible (Dios nos libre de irrespetarte, Hermano) sí nos queda tu tremenda constancia y laboriosidad, tu olfato a prueba de realidades, tu apego a lo que respira el pueblo, tu extraordinaria sensibilidad humana, tu bendita y envidiable disposición para tender la mano, tu incuestionable condición de padre, ese vínculo indestructible a la familia, tu condición bien mantenida de militante del Partido, tu valentía para ejercer la opinión, para decir verdades y enfrentar las torceduras de los hombres y de la vida; tu dulce manía de estar casi siempre de buen humor, tus jaranas, chistes, cuentos, jocosidades, tu gratitud hacia la medicina tunera y muy especialmente hacia quienes te atendieron con ternura y profesionalidad insuperables en el Cardiocentro de Villa Clara, hace apenas unos días.

Se equivoca quien piense que te recordaremos de otro modo cada jornada de la prensa cuando vayamos hasta el lugar donde siempre vas a estar con los brazos abiertos y una sonrisa a flor de rostro.

Créelo así, en nombre de tu esposa Elbita, de tus hijos Yanier, Isel y Yanner, de tus cuatro hermanos, de tu nuera, de todos esos retoños y troncos familiares que vinieron a abrazarte hoy, desde el norte de la provincia y desde todo el territorio.

Quepa en estas líneas también el cariño de los más de 130 miembros de la Unión de Periodistas de Cuba en la provincia y los más de 3 000 en todo el país, de los vecinos, lectores y radioyentes que sienten como suyo el dolor de tu partida, los trabajadores del Partido, del Gobierno, de nuestra mil veces digna y gloriosa Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (a la cual honras también). Quepa, en fin aquí, el afecto de todos los que te conocemos, y el de quienes, aún sin haberte conocido personalmente, jamás te desconocieron.

Disculpa si teniéndote tan cerca, alguna vez no te vimos íntegramente.

Para quien se entrega a educar y a escribir como tú, lo más apropiado no es tributar un minuto de silencio ahora o mañana… sino un siglo y más de esa comunicación que seguiremos llevando adelante, en recuerdo a ti, en defensa de los principios que amaste con el lápiz y la cartilla, con el fusil, con la pluma o el teclado… o simplemente con lo principal: el corazón.

Muchas Gracias.





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