martes, febrero 02, 2010

 

Gracias a Alina... LETY RESPONDE DESDE "EL INFIERNO"

Aunque –como he dicho otras veces- no acostumbro a reproducir materiales, disfruto hoy el placer de traer a mi espacio este trabajo, escrito por la colega Alina Perera, periodista de Juventud Rebelde, quien entrevisto a Leticia Martínez: una de las jóvenes que más admiro y quiero dentro de nuestro sector.

Lety, como todos le llamamos, forma parte del equipo cubano que reporta desde Haití a raíz de la tragedia causada allí por el terremoto que devastó a esa hermana nación. Es la joven que aparece al centro de esta foto, tomada por el colega Juvenal Balán durante uno de los pocos momentos de alegría allí: al ser salvada una bebita que yacía bajo los escombros.

La entrevista de Alina se titula RESPUESTAS DESDE EL INFIERNO DE ESTE MUNDO y su texto es el siguiente:


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Un amigo común había tendido el puente entre nosotras. Me contaba él sobre ella; y a ella sobre mí. Por eso el día que la joven periodista me abordó en un evento en el cual habíamos coincidido, bastó que se presentara con brevedad y con sonrisa tenue, límpida.

«Yo soy Leticia…», me dijo; y en instantes advertí que estaba frente a una muchacha delicada y sensible, y a la vez fuerte y tenaz, con la impronta de quien ha sido criada al amparo de una familia tibia.

Leticia Martínez Hernández está viviendo horas que ya le han marcado para siempre. Ha sido enviada por el diario Granma, donde ahora ocupa responsabilidades como Jefa de Información, hasta el sufrido pueblo de Haití. Y desde su sensibilidad, ella también sufre, y se impone ante una realidad que con toda justicia ha dado en llamar el infierno de este mundo.

He aprovechado el puente que ya existía entre ambas para preguntarle algunos detalles sobre una realidad que estremece desde las televisoras, pero que en vivo imagino inabarcable. Ella me ha devuelto con rapidez y humildad las interrogantes respondidas.

Reparo en que recibió el título que la acredita como licenciada en Periodismo en el año 2007. Y que nació en Santa Clara el 18 de abril de 1984. Es una vida que tiene al mundo por delante, ese mundo que por estos días le muestra, como verdadera prueba de fuego, escenas dantescas.

—¿Cómo son tus días en Haití, desde que sale el sol hasta que se pone? Enumérame, por favor, lo que haces.

—Son de mucho trabajo, de mucho agotamiento, sobre todo mental. Imagina que tengo que convivir con el dolor de la gente y luego llevarlo al papel. A veces me siento y me digo: ¿Cómo escribo de tal o más cual sensación? ¿Qué palabras utilizo para que la gente viva conmigo lo que sucede en Haití? Es muy agotador, y si a eso sumas que pienso que en el periódico esperan por mi trabajo… Mientras voy poniendo las palabras, las imágenes de terror pasan una a una por mi memoria.

«Duermo en una casa de campaña confortable. Me levanto bien temprano; desayuno (por suerte nuestro país ha garantizado la comida de todo el que está en Haití por estos días); me pongo pantalones, pulóver, tenis y el obligado nasobuco; agarro mi mochila y salimos a la calle.

«Desde el día anterior nos ponemos de acuerdo el equipo de periodistas que aquí estamos juntos (Televisión y Prensa Latina) y planificamos el trabajo que queremos hacer. Intentamos buscar historias por la mañana; aprovechar las primeras horas para luego sentarnos a escribir y transmitir temprano a nuestros medios.

«Todo resultó muy difícil en los primeros días. A veces eran las 11 de la noche y todavía estábamos buscando la forma de mandar los trabajos. Eran bastante los problemas de comunicación. Muchas veces tuve que escribir muy rápido, pues la carga de la computadora se agotaba, y eso resultaba muy estresante.

«Cuando ya el director tiene el trabajo en su mesa, entonces me baño y como; me acuesto bastante tarde, siempre luego de las 12 de la noche, preparando lo que quiero hacer para el día siguiente».


—¿Sueñas cuando duermes?


—En Haití no sueño. Ese fue uno de mis temores cuando recorrí las calles de Puerto Príncipe por vez primera. A cada paso me encontraba con un cadáver, con una mujer llorando, con un niño sufriendo. Nunca había visto a un muerto en toda mi vida; nunca había entrado a un hospital lleno de gente muriendo y sufriendo; nunca me había encontrado con tanto sufrimiento.

«Esa primera noche en Haití pensé que no dormiría pensando en tantas imágenes horrendas. Pero ha sucedido de otro modo: no tengo ni sueños ni pesadillas en Haití. Me acuesto con tanto cansancio que no sueño. Y no pasa un minuto antes de quedarme dormida. Creo que eso es lo mejor que puede pasarme».

—¿En qué piensas la mayor parte del tiempo?

—Pienso en lo afortunada que soy, en cuánto tengo que agradecer a la vida por lo que tengo, por la paz en la cual vivo, por el bienestar de mi familia, por tener un techo donde guarecerme, por tener algo tan sencillo para nosotros como un médico, por tener un bocado de comida y no irme a la cama con el estómago vacío, y por haber estudiado lo que quería y por poder ejercerlo. Por no ver todo el tiempo las imágenes desgarradoras que hoy veo en Haití.

«También pienso en mis padres, en mis hermanos, mi padrastro, en mi novio y su constante preocupación porque me pueda suceder algo. Pienso en la mejor forma de convencerlos de que estoy bien. Y pienso en quienes me leen; me preocupo, me angustio por hacerles llegar lo que ven mis ojos, y me incomodo porque a veces no me alcanzan las palabras para describir todo lo que veo; creo que esa es mi mayor insatisfacción».

—¿Has sentido necesidad de autocontrolarte para no llorar, para mantener tu equilibrio?

—Todo el tiempo. Recuerdo que cuando salí del aeropuerto y comenzamos a recorrer las calles de Puerto Príncipe, comencé a ver a la gente corriendo desesperada de un lado para otro, y a toparme en la calle con montones de cadáveres.

«Eran montañas de cadáveres, y ese olor insoportable… Sentí necesidad de salir del carro en que iba y echarme a correr, regresar al aeropuerto y montarme de nuevo en el avión. Me preguntaba, ¿qué hago aquí?, y me decía que había entrado al mismísimo infierno. Ahí tuve que aguantarme las ganas de gritar para no parecer floja o inexperta entre mis colegas que habían vivido tantas veces desastres como los de Haití.

«Recordaba entonces cómo hacía pocas horas estaba en mi casa, escuchando música y conversando con mi novio y le decía: «Mientras nosotros estamos acá tranquilos, cuánta gente estará sufriendo en Haití…». No podía imaginar que rato después estaría pisando esta tierra y viendo con mis ojos ese sufrimiento.

«Tampoco olvido mi segundo día en Haití, cuando fui a uno de los hospitales y me encontré a un niñito tirado en el piso, encima de un cartón. Estaba pegado a una cerca y tenía su manita amarrada a ella, por donde le estaban pasando un suero. El niño temblaba como una hojita y el médico me explicaba que ya le habían puesto todos los medicamentos, pero que moriría de un momento a otro, pues sus venas estaban colapsadas.

«Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Era la primera vez que veía cómo la muerte se adueñaba de alguien. Ciertamente el dolor de los niños me ha marcado mucho. En ese momento quise llorar, pero me apreté los ojos. Solo lo hice horas después cuando en otro de los hospitales encontré otro niñito sano, pero a la espera de su madre, a la cual estaban curando. Estaba tranquilo, sentadito en una silla, y se comía un pedazo de galleta como si fuera un manjar. Ahí sí tuve que sentarme y llorar. Había aguantado demasiado el llanto.

«He sentido miedo, mucho miedo, pero no un miedo paralizante, y no durante todo el tiempo. Determinadas situaciones me han dado temor, pero ante esas nunca he llorado. Las veces que he sentido ganas de hacerlo ha sido ante el dolor de los demás».

—Has visto mucho en muy pocas horas. ¿Qué imagen se te quedará prendida para siempre, como una quemada en la memoria?

—Definitivamente la mirada de los niños. Creo que nunca olvidaré eso. El llanto de un niño en el hospital El Renacimiento… El bebé gritaba para que su mamá lo atendiera, pero la mujer estaba moribunda y no tenía fuerzas para cargarlo. Ese llanto desesperado y desgarrante creo que me perseguirá siempre.

—¿Qué ha pasado contigo, dentro de tu espíritu, después de esta experiencia?

—No sé si es una paradoja, pero esta tragedia me ha enriquecido espiritualmente. Creo que convivir con el dolor de la gente me ha hecho más humana. He aprendido a valorar más lo que tengo. Aunque ¿sabes algo? todavía no logro definir qué ha pasado conmigo exactamente, sigo pisando el infierno de este mundo, y cada día veo algo más estremecedor.

«Cuando llegue a mi Cuba bella, entonces sabré qué ha pasado conmigo; acá me he construido una coraza para poder soportar tanto dolor, y creo que todavía no me desprendo de ella. Esta pregunta házmela cuando llegue a mi país y vuelva a estar con los míos».

—¿Qué te parece irrelevante ahora, después de haber sido testigo privilegiada y adolorida del infierno?

—Ahora me parecen irrelevantes todas las veces que me he quejado por nimiedades, o que valoré en demasía cosas materiales, o los motivos por los cuales discutí con la gente que quiero. Ojalá les hubiera dicho más veces que los quiero…

—En medio de todo, ¿has tenido alguna alegría?

—Si, paradójicamente he tenido alegrías: primero, la fortuna de que a los lectores les ha llegado lo que he escrito, al menos así me lo han hecho saber. Y luego… el orgullo de mis padres.

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