martes, agosto 18, 2009

 

NUESTROS HIJOS

Ellos son los únicos que “no crecen, ni envejecen” a nuestro alrededor, porque a cualquier edad nos siguen pareciendo lactantes, bebitos, tan pequeños que al cabo de décadas continuamos hablando de “el niño” o “la niña”…

Son los que aparecen corriendo, con una pregunta, una duda, un beso, una ocurrencia o “el más antojado antojo”, precisamente cuando las ideas empiezan a coquetear con tus dedos y a desgranarse sobre el teclado.

Pero –curiosamente- también son los que te alientan el aliento e inspiran tu inspiración durante esas noches de luna vacía, cuando tienes que escribir y las musas están llenas y no quieren bajar a ti.

Son los que una vez aquí (en tu interior) no hay “allá”, ni distancia o lejanía, porque te acompañan todo el tiempo, aunque estés reportando desde la gélidas nieves del Polo Norte.


Son quienes te hacen poder con lo imposible, y te imposibilitan rendirte cuando puedes.

Tal vez te piden con frecuencia una moneda para tomar helados o quizás nunca te pidan un centavo… y de cualquier modo su “simple existencia” te hará sentir la persona más rica y afortunada del universo, porque no hay banco, arca, sucursal, firma, monopolio, caja fuerte, cofre en el fondo marino, ¡nada!, que atesore igual valor.

Ellos son los que te sacan de paso y te devuelven a él; quienes aprenden de ti y corrigen sin compasión lo que no haces bien o dices mal; los que devienen fuente muchas veces de información, esos que hoy te desgracian un párrafo y mañana te sorprenden con el mejor título periodístico; los que te ofrecen fotos estelares, los que te ocupan todo el tiempo que les viene en gana porque de alguna manera se saben dueños del calendario completo.

Así son nuestros hijos: esos que se duermen, de verdad, halándote una oreja o tiran de ella para librarse pícaramente del merecido tirón que le darás en una suya; los que “exportamos” para la casa de los abuelos (¡Uff, para descansar un par de semanas) y, cansados de su ausencia, queremos volver a “importarlos” al cabo de cuatro o cinco días...

Porque… no sé en otros oficios y latitudes, pero en el caso del periodismo cubano, nuestros hijos son sencillamente ese pedacito interior e insustituible que nos invita a vivir, soñar, creer, crear y ser cada día mejores en el ejercicio de la profesión.

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