sábado, mayo 23, 2009

 

EL MILLONARIO DEL ESCOBILLÓN


Una cartera extraviada retorna intacta. La fortuna —opina su dueño— no está en la divisa que contiene, sino dentro del hombre que la devuelve.


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Al percatarse de que ha extraviado su pequeña cartera de mano, Arturo Coppolino siente que el mundo le cae encima.

“Lo más importante —medita— no es el dinero que tiene dentro, sino mis documentos personales: pasaporte, visa, tarjetas, permiso de conducción…”

Perder todo eso significa quedar totalmente indocumentado, tener que informar la situación, iniciar trámites, dedicar un precioso tiempo a poner en orden las cosas otra vez.

Infructuosa, la búsqueda impregna un amargo sabor al resto de la noche y madrugada.

5:00 AM. Envuelto en lejanos recuerdos Sacarías Profeta Concepción Velázquez pule a punta de escobillón una de las calles donde cada amanecer vuelca toda su dedicación como obrero de servicios comunales.

De repente algo llama su atención sobre el pavimento. Parece un bolso o cartera. Acierta. Los más de 20 años que trabajó como auxiliar de la Policía y las características del hallazgo le indican que no es una valija cualquiera. Un escalofrío le sacude el cuerpo. “Tengo que entregar esto urgentemente” —piensa, y sin perder un minuto parte hacia la casa del capitán Mastrapa, quien animado lo acompaña hasta la tercera unidad.

Tal y como corresponde, se levanta acta de ocupación en calidad de hallazgo. La relación es amplia: pasaporte, teléfono celular Sony, nueve tarjetas, 31 billetes de 20 pesos convertibles cubanos y uno de 10 (total: 630 CUC equivalentes a más 15 000 pesos MN), 355 euros, cuatro billetes de 100 en moneda mexicana, muestras de dinero canadiense, australiano y filipino, permiso de conducción, sellos de la ONAT por valor de 25 CUC, lapicero, varias monedas, incluida una dorada (oro) con alto valor numismático…

HONOR PARA CUBA

Los ojos de Arturo Coppolino parecen no dar crédito a lo que ven. En sus manos están otra vez, intactas, todas sus pertenencias. “Yo quiero ver a ese hombre —expresa— para conocerlo y agradecer su gesto… personas así le rinden honores a este país. Hoy he vuelto a comprobar algo que siempre he dicho: se puede tener dinero, pero lo fundamental en el ser humano es la humildad y la modestia; de lo contrario no eres nadie.”

Extendido entre vecinos y obreros del sector comunal, el rumor deviene noticia, remonta vuelo, raya en la leyenda.

“Tengo tantas o más necesidades que cualquier persona —expresa tranquilamente Sacarías— pero hice lo correcto, lo que me dictó el corazón, lo que mi padre siempre nos dijo a sus 20 hijos: lo ajeno se respeta; si un día te coges un centavo terminas robándote miles de pesos. Por eso al devolver la cartera me sentí lo que soy en Cuba: millonario.”

Y empuñando el escobillón enrumba el taconeo de sus gastados zapatos calle abajo, decidido a reciprocar el estrechón de mano que desea darle Coppolino, para acabar de pulir la calle e irse a descansar en ese pequeño cuarto que un amigo, con igual sensibilidad, le prestó recientemente para que siga siendo Sacarías: de carne y huesos, virtuoso entre sus errores, Profeta (como su segundo e iluminado nombre) en esta tierra.

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