sábado, octubre 13, 2007

 

EVOCACIÓN

Para todo cibernauta a quien pueda hacer reflexionar...



ULIÁNOVA

Por Félix D. Batista Diñeiro

Una ráfaga de viento gélido golpea en la cara a Uliánova. Con un pañuelo bordado sobre su octogenaria cabeza, la mujer ha permanecido sentada por varias horas sobre el tocón de aquel otrora saludable carpe, que tantas veces compartió con ella sus juegos de la infancia.

La anciana no se mueve. Solo algunos mechones de pelo gris, al escabullirse por debajo del pañuelo, la diferencian de una estatua. Ante su vista se extiende un bosquecillo ralo de abetos, salpicado de maleza. En un pequeño claro, algunos derruidos cimientos custodian el lugar donde, en algún momento, se construyó el zaguán de una vivienda.

Pequeños copos de nieve se dejan caer con suavidad sobre su cabeza, derritiéndose al contacto con el estambre, pero Uliánova no repara en ello. Su corazón alberga un dolor infinito, una angustia irreprimible, acaso demasiado pesada para las ochenta primaveras de su encorvada espalda, la misma espalda que, medio siglo atrás, adquirió su curvatura trasladando soldados heridos bajo cascotes de metralla.

Los recuerdos le provocan dolores indescriptibles. Sufre porque en su país todos parecen haber olvidado a aquellos héroes hermanos de Kuznetsov, Merésiev y Budionny. Sufre porque sus nietos desecharon el significado de “tavarish”, y hoy dicen “thank you” en lugar de “spasiba”. Sufre porque alguien pretende ahora desdeñar los restos de Lenin, porque las piezas de Tchaikovsky pierden popularidad en el Bolshòi, por la popularidad de los escotes Gucci, por el destierro decretado sobre los relatos de Símonov, Guerman y Shólojov, y porque ahora la hazaña de Alexéi Merésiev la comparan con la distorsionada historia de algún piloto occidental.

Dentro de unos días, el tocón que atesora tantos recuerdos también dejará de existir, y sobre él se erigirá un flamante McDonald's. Uliánova dice adiós a los restos de la casa en la cual tomó la determinación de alistarse voluntariamente en el Ejército Rojo. Aún se le encoge el corazón ante las lágrimas silenciosas de su madre y la expresión pensativa en el rostro del padre, aquella fría madrugada de 1939 en el andén, cuando sus manos, que apenas conocían la textura del algodón, comenzaban ya a palpar las horribles facciones de la guerra.

Una lágrima furtiva contornea lentamente las arrugas que surcan su mejilla. Uliánova llora por su tierra, hollada una vez más por botas invasoras; solo que esta vez, los lobos andan disfrazados de corderos, y nadie aparenta tener intenciones de expulsarlos de la Patria.

Sobre sus hombros siente el peso del concreto con que han comenzado a sepultar las glorias pasadas…

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