jueves, junio 07, 2007

 

TRIBUTO AL DECORO BELGA EN MI CIUDAD

Desde hace muchos años la mayor parte de los habitantes tuneros han identificado aquella instalación como “la farmacia Zayas”.


En los años 90', algunos comenzaron a llamarla también “la farmacia de medicina verde”, teniendo en cuenta la forma en que se incrementó allí el expendio de distintas variedades de plantas medicinales, en su forma natural o en fármacos derivados de ellas.

Lo que tal vez algunas personas no conocen es que esa céntrica unidad de salud realmente lleva el nombre de Michael de Witte: médico belga fallecido hace veinte años (en 1987) víctima de una granada de mortero lanzada por el ejército de El Salvador.

La interrogante salta: ¿Qué hacía el joven galeno en Centroamérica?

La respuesta me llegó hace unos días en uno de esos tiernos mensajes que suele enviar la belga Katrien Demuynck, incansable luchadora en toda Europa por la libertad de los Cinco cubanos que permanecen encarcelados de forma arbitraria e injusta en Estados Unidos.

En su misiva, Katrien adjuntó las palabras de Willem de Witte, hermano de Michael, durante un acto de recordación al joven mártir internacionalista.

Corría el año 1982 y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) intensificaba las acciones guerrilleras en busca de la única solución posible para los pueblos pobres y oprimidos del mundo.

Hombre de profundas y muy claras convicciones políticas, valentía personal, sentimientos de humanismo, espíritu solidario e internacionalista, Michael de Witte no lo pensó dos veces y junto a su compañera Karin dejó atrás el cálido remanso del hogar y del terruño belga para unirse a la guerrilla salvadoreña.

Sabía que aquella decisión no era simple aventura o emociones de rock and roll –como diría Willem.

Por ello, con sus manos de médico y de combatiente, Michael llevó a su diario de campaña lo que en 1986 dijo Rogelio Ponseele, cura del FMLN: “Para vivir con la guerrilla, hay que saber aguantar bastante. Necesitas una condición física muy fuerte, separarte de todas las comodidades, vencer diferencias culturales, mantener una fortaleza emocional, saber sacrificarte a ti mismo, enfrentar el peligro, sufrir el hambre y estar dispuesto a pagar todo eso hasta con tu propia vida”.

Más de 7 300 días han transcurrido desde que el mortal explosivo detuvo el pulso y la respiración de Michael.

Lo que no pudo detener aquel proyectil fue la trayectoria limpia y definida de su pensamiento, ni el legado de una existencia que, como afirma su hermano, “no termina nunca”.

No buscó Michael, en cambio, la muerte ni la inmortalidad. El sólo creía en la vida, en la obra mientras el pensamiento, los pies y las manos andan. Tal vez por ello, entre las notas más conmovedoras de su diario esté la correspondiente al 26 de marzo de 1985, cuando apunto: “... como decía el Che, no importa dónde la muerte nos sorprenda, pero que sea en la lucha contra el imperialismo”.

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(Muchas gracias a Katrien y a Willem por haberme hecho llegar información y la foto de Michael que aparece en este pequeño trabajo.)

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