domingo, noviembre 12, 2006

 

FORTUNA

¿En qué hogar, en qué familia, no ha sucedido alguna vez?: La niña o el niño toman determinado objeto, cae al suelo y… “¡Allá va eso!”.

Entonces, al ya traumático instante del daño material, suele sobrevenir una descarga de regaños, críticas y hasta castigos.

Hace unos minutos, hojeando apuntes muy personales, encontré el que hoy llevo a mi blog.

Lo escribí hace cinco años, en una fresca mañana de febrero del año 2001, mientras visitaba a mi madre, allá en el centro de la Isla, en mi querida tierra espirituana.

Con la sana intención de situar el auto a la sombra, mi pequeño hijo (14 años entonces) le dañó parte del lateral izquierdo trasero, al rozarlo con algo mientras lo movía hacia atrás.

No quiero imaginar (aún) cuánta amargura habrá invadido su interior en los minutos que mediaron hasta el instante en que me lo comunicó.

Jamás olvidaré su carita. No reflejaba ese miedo atroz que –lamentablemente- les tienen muchos niños a sus padres. NO. La expresión era otra: de profunda tristeza.

Hubiera querido que en ese momento la tierra me tragara. No por el auto, sino por lo que, sin duda, estaba sufriendo el niño.

Mi primera reacción, en cambio, fue largar una sonrisa y decirle: “Eso nada importa, Hijo, igual pudo haberme sucedido a mí. ¡Venga un beso!”

Y un rato después, sin que él me viera, dejé sobre un papel una constancia más de gratitud, por la Fortuna –sin paralelo- que significa la existencia de mi “siempre pequeño” Félix Daniel.


FORTUNA

Que ese simple rasguño
en metálica epidermis
no te rasgue el pecho a ti
Príncipe mío;
aún está por nacer
quien pueda ponerle precio
a una sola de tus lágrimas
o tasar tu más fugaz
instante de tristeza.
Me niego pues a que el dolor
te roce apenas la mejilla;
no hay medida a tu medida en este mundo
ni en el Universo más riqueza material
que la que llevas dentro.
Intacta.


(Sancti-Spíritus, 26 de febrero del 2001)

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