sábado, junio 03, 2006

 

PREMIO AL INCANSABLE GRAFITO DE TU MOCHA

A Soto Cutiño: hermano de profesión y de sangre.

Yo no sé si él lo esperaba, si se sorprendió, si estaba preparado para la noticia... Yo sólo sé que a todos nos alegró mucho. Yo sólo sé que él bien lo merecía.

Campesino ayer, periodista hoy, 56 años de edad, apenas metro y medio de estatura, carácter afable, negro por fuera y verde como la primavera por dentro, amigo hasta de los enemigos que no tiene, casado desde tiempos irrecordables con Odalys: la única mujer de su vida, y padre de dos saludables retoños... Juan Gabriel Soto Cutiño dispara una cañera sonrisa y en cada nuevo abrazo desgaja plantones de sencillez para colegas, vecinos, amigos y hasta desconocidos que acuden a felicitarle.

Haber ganado el Premio Nacional de Periodismo Azucarero, en cambio, es para él lo más normal del mundo, o simplemente “un reconocimiento que también merecen otros profesionales de la prensa, consagrados de igual forma, durante años, a las plantaciones cañeras, a las labores de la zafra y a la industria azucarera en general”.

Así es –le digo- pero no por gusto este año el jurado, que siempre “pasa la mocha bien abajo”, se inclinó por ti.

Otra vez los ojos se le achican y en el rostro le explota la misma sonrisa de cuando tenía 15 años y, por solicitud de la Unión de Jóvenes Comunistas, se incorporó a la escuela Fabricio Ojeda, en Camagüey, para trabajar como maestro en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde permaneció hasta cumplir su servicio militar.

Lejos estaba por entonces de suponer que un día se licenciaría en Periodismo (Universidad de Oriente) y que el resto de su vida transcurriría sacándole “guarapo informativo”, envidiable “recobrado noticioso” y un azucarado “rendimiento profesional” a la titánica labor de miles de hombres y mujeres del sector cañero-azucarero, primero desde en las páginas de El Forjador (1970) y luego en el periódico 26 (desde que vio la luz en 1978), de donde no piensa irse “ni aunque le peguen candela por las cuatro guardarayas”.

Ojalá mi cerebro tuviera la capacidad de reproducir, al menos, la quinta, o la décima, o la centésima parte de lo que en un momento como este merecen todos los momentos vividos, y trabajados, por Soto...

Pero, como eso no me resulta posible, sencillamente me quedaré con la imagen de sus pequeños y nudosos dedos, insistiendo sobre el teclado para llevar al papel, o al monitor de la computadora, la modestia innata de Caridad Borges, cortando caña a punto de medio día; el ímpetu del también Héroe del Trabajo de la República de Cuba Domingo Urrutia, el optimismo del General de Ejército Raúl Castro Ruz al dejar inaugurado el Central Majibacoa (1986) o el estremecimiento de miles de azucareros, una década después, en Jobabo, mientras Fidel los abrazaba con los ojos y la palabra desde el podio.

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