domingo, diciembre 11, 2005

 

Jornadas CONTRA LA GUERRA


No solo mi esposa Maribel, mi vecino Marrero o el colega Jorge Pérez se levantaron temprano este domingo. A decir verdad, la ciudad parecía un hormiguero. Personas de todas las edades acudieron a las mismas áreas donde cada año perfeccionan sus conocimientos teóricos y prácticos para defender al país, en caso de una agresión militar enemiga.

Así ocurrió, incluso desde ayer sábado, en todo el Archipiélago. La televisión y otros medios de prensa lo reflejaron.

Tales actividades se han convertido en algo cotidiano para cientos de miles de trabajadores, estudiantes, campesinos, amas de casa y jubilados (organizados en diversas estructuras de defensa popular) quienes asimilan la experiencia de combatientes activos y retirados de las instituciones armadas.

Precisamente ese nexo fraternal e indisoluble, y la espontaneidad con que la población acude a adiestrarse para defender la Patria, es una de las cosas que más llama la atención entre quienes visitan este país. No es un capricho, no es un placer: es una necesidad. Los últimos 46 años en Cuba confirman que el mejor modo de evitar la guerra es prepararse para ella.

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