sábado, junio 10, 2017

 

¡CANASTAAAAA!




Aprovechando la brecha dejada por la pareja contrincante, y el oportuno pase realizado por su “compañero de guerrilla”, Yordan Rivero Lara ataca ágil como un felino, devora en dos descomunales pasos la distancia que lo separa hasta el tablero y salta con toda su fuerza interior, seguro ya de que nada le impedirá clavar el balón dentro del aro.

La escena, cotidiana a la vista de decenas de transeúntes, tiene lugar en la pequeña cancha de baloncesto ubicada a pocos metros del terreno de béisbol donde cada tarde entrenan los niños del proyecto conocido como Los tigrecitos, en áreas del Parque de la Ciudad, en Ciego de Ávila.

Ajenos a todo y a todos, los cuatro “basketbolistas” se empeñan en sumar la mayor cantidad de puntos… dueños del atardecer, dueños de un silencio solo interrumpido por la sana algarabía que alguno de ellos protagoniza al gritar: ¡canasta!.. y dueños, también, de ese terreno que “ahora sí está bueno de verdad”.

¿Por qué “bueno de verdad”?   

Yordan detiene el repiqueteo de su balón, mira al tablero, luego las líneas trazadas en el piso y afirma: “Antes nada de esto estaba así: pintado, reparado, con esta imagen. A mí nadie me lo dijo, hace tiempo que yo vengo a jugar baloncesto aquí y el cambio ha sido tremendo.”

Atentos a cada palabra, los otros tres jugadores escuchan. Ninguno vive en esa zona; Yordan próximo a los elevados y los demás por el centro del pueblo, cerca de las calles Cuba, Onelio Hernández y Martí, donde “había un aro medio improvisado, pero alguien lo quitó y nos quedamos sin lugar donde poder jugar”, relata Ignacio Miguel Rodríguez Iraola, con una ocurrente melancolía que debe haberle asegurado no pocos triunfos en la cancha familiar.

“Por suerte el papá de Nelson Alejandro nos trae en su carro y nos deja aquí, jugando; él sabe que estamos tranquilos, entretenidos y divirtiéndonos…” —concluye Daniel Alberto González León.

Lo que ninguno, tal vez, conoce es que el rescate de esa minicancha, como otras instalaciones deportivas y recreativas del propio Parque, se realizó con dinero procedente del monto que aportan empresas del territorio (1 por ciento) a partir de sus ganancias, para contribuir al desarrollo local en diferentes esferas de la vida social.

En Morón http://www.ecured.cu/Mor%C3%B3n, por ejemplo, ese fondo debe propiciarle un vuelco favorable a la piscina situada en El Embarcadero, así como al estadio Paquito Espinosa. Otros municipios empiezan a aprovechar también tal oportunidad, a favor del deporte, la actividad física sana y la recreación. 

Explicarles a los cuatro inquietos baloncestistas la esencia de ese aporte empresarial podría resultar un poco más complicado que encestar el balón desde la mitad del terreno, sobre todo si no se dispone de tiempo prudencial para la explicación, o si no se emplean las palabras e ideas más sencillas en aras de la mejor comprensión.

Por ahora, lo importante es que ahí están, hoy ellos, mañana quizás otros, el fin de semana tal vez muchos más… dueños, todos, de la minicancha y responsables también de cuidarla con el mismo celo de ese balón que compró papá o que alguien les regaló.

Algo sí me queda claro: después de vivir, cada tarde, emociones así, difícilmente un día, convertidos quién sabe si en magníficos empresarios, esos niños ofrezcan resistencia para que sus respectivas entidades aporten determinado por ciento de las utilidades en función del deporte, de la cultura, de la salud o de lo que más demande el desarrollo local, para mayor calidad de vida y para bien de quienes aún no han nacido pero tienen, de antemano, derecho también a clavar el balón justo en el centro del aro.



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